9 ago. 2013

SUEÑOS HIPOTECADOS

Queridos cazadores,

Perdonad esta entrada. Permitidme, sólo por hoy, ser alguien triste y gris. Sólo por hoy.

Hace dos años, cuando la crisis seguía en su línea y amenazaba con mantenerla, decidí volver a las aulas. Hasta entonces había trabajado en restaurantes, dando clases y, finalmente, arreglando ordenadores.
¿Cursos? He perdido la cuenta de los que he hecho.

Así que, cuando empecé el módulo, abrí un pequeño cajón dentro de mí y guardé todos mis sueños en él. Lloré como nunca. Y me enfadé, primero con el mundo; después conmigo misma.

Con el mundo por hipotecar los sueños de muchos jóvenes.
Conmigo, por consentirlo. Por creerles cuando era niña.

Siempre fui una idealista. Si buscabas en el diccionario sinónimo de «utopía», mi nombre salía justo al lado. El mío y el de muchos de vosotros, lo sé.
Como todos los niños quise ser muchas cosas. Muchísimas. Pero nunca elegí médico, bombero o azafata.
Lo mío era el arte.
Yo quería bailar El lago de los cisnes en los teatros de Londres. Quería pintar las puestas de sol de Hawaii. Quería dibujar sonrisas en el papel. Vale. Lo que más quise (de una forma obsesiva) fue ser astrónoma. Pero las matemáticas no son lo mío. Entonces, ¿por qué? ¡Je! La respuesta es tan obvia que hasta vergüenza debería darle a aquel que no la supiese ya...

Supongo que quise ser muchas más cosas, pero se diluyen en las brumas del tiempo.
La que mejor recuerdo. La más nítida. La que cerré bajo siete llaves hace dos años, fue la palabra «escritora».
Quién me iba a decir que mi profesora de Expresión y comunicación iba a encontrar las siete llaves e iba abrir cerrojos como quien se come una piruleta.

El año pasado, por estos días, le confesé a Rocío (Carmona) que sólo había querido ser dos cosas (digo, con intensidad, con pasión): Astrónoma y escritora.

Que sí. Que una cosa es «querer», «decir», «pensar»... Y otra muy distinta es «hacer» y, sin irme por las ramas, «escribir».

Así que, sabiendo que aún me queda mucho por aprender, este año eché la preinscripción en Filología.
Mi nota se acercaba, pero le faltaban unas décimas. No recuerdo cuántas, pero estaba segura de que no me iban a coger.
Me equivoqué.
Como hago todos los días. Como hacemos todos.
Mi nombre estaba ahí. En la lista. Entre los elegidos.

Entonces vino el gran problema. Por un lado, sentí ese pinchazo de orgullo que te provoca sonrisas inconscientes. Por el otro... por el otro sentí rabia, frustración, sentí que, por primera vez en años, el mundo se hundía bajo mis pies.
Intenté aferrarme a todo aquello por lo que había luchado, pero era incapaz de no resbalar. Las lágrimas no me dejaban ver.
No me podía matricular porque no tenía dinero (las tasas se han salido un poco de orbita) y no tenía dinero porque no tengo trabajo.

Y no hay trabajo porque este mundo es así.
Buscan a personas para un puesto de trabajo pero te exigen dos años de experiencia. Dos años que no tenemos porque no nos han dado la oportunidad de trabajar.
He echado currículums en todas partes.
Sólo he recibido dos tipos de respuestas:
  • Silencio
  • No cumples con el perfil
Con la de «no cumples con el perfil», bueno. En el último que me han dado calabazas (intento tomarlo con humor) es de camarera. Y eso que tengo experiencia...
Con el silencio. Joder, ese hasta duele.

Cuando era pequeña pasaba los fines de semana con mi abuela, mi abuelo y mis tíos. Mi abuelo trabajaba mucho y mi tía estaba con su chico (ahora mi tío)
Mi tío Miguel Ángel y mi abuela se pasaban las tardes construyendo maquetas, pintando, cosiendo o cocinando (los tres últimos -ando son de mi abuela)
Supongo que mi cara de «yo también quiero hacer algo» me delataría en más de una ocasión porque mi tío me regaló un bloque de papel y construí un mundo a mi medida.
Creé personajes, les di voz... y fui tan tonta de guardarlos en un sobre que, seguramente, terminó en la basura.

Como aquellos personajes de papel, arrugados y en la basura, hay miles de palabras mías. Pocas veces comparto lo que escribo. Salvo excepciones (la última cuando un micro-cuento se convirtió en regalo de cumpleaños)

No sé cómo es el currículum de un escritor. Ayer, un amigo compartió un enlace (y yo cumplía el 90%)
Sólo sé que mi currículum es caótico... como esta entrada. No porque no esté bien organizado (también hice un curso sobre cómo hacer CV) Si no, porque he hecho tanto y tan distinto.

Podría incluir la historia de los personajes de papel, podría decir que gané un concurso de haikus, que mi amigo Francesc quiso publicar un micro-cuento en Øbliviøn2 porque le encantó.
Puedo decir que soy muy trabajadora. Que aprendo rápido, que necesito disciplina y que me recuerden lo que valgo (o no) Puedo decir eso de «no se me caen los anillos». Incluso, contrario a esta entrada, puedo decir que soy optimista, asertiva y que empatizo mucho (a veces, demasiado)
Puedo decir que sé de libros (victorianos, de fantasía, juvenil y cuentos infantiles), que hablo inglés, catalán y castellano, claro; que sé de fotografía y que, cuando trabajo, lo que más me relaja después de una jornada es ir a echarme unos largos en alguna piscina vacía (de gente, no de agua)
También puedo decir que cocino de vicio, que me salen unos brownies deliciosos (tengo catadores que lo pueden corroborar) ¡Qué diablos! Puedo decir que he interpretado a Shakespeare.

Puedo decir muchas cosas.

Ahora sólo una: No busco trabajo. Busco a alguien que apueste por mí.
Por mis brownies, por mi habilidad para hacer la cama sin dejar ni una arruga o por esa tan cuca de mimar (y educar con disciplina) a peques de 0 a 3.

Tengo una hipoteca con mis sueños y los intereses son muy altos. Tan altos como ir a la Luna y volver.

Y no voy a volver a dejar de escribir. Nunca.


xxx

6 comentarios:

Anabel Botella dijo...

Hola guapa. Te voy contar un poco mi experiencia, por si te sirve de algo. Cuando yo era pequeña tenía dos sueños, uno de ellos era ser actriz y el otro era ser escritora. Siempre me han fascinado las letras. Me recuerdo con un libro entre mis manos desde bien pequeña (aunque había palabras que no entendía muy bien). Mis notas no eran buenas (en parte porque me pasé media vida de colegio en colegio y algunos profesores decían que me tenía que aplicar más y que era muy vaga). Lo que en aquellos momentos se conocía como vaguería, hoy se conoce como dislexia. No la descubrí hasta que tenía casi 18 años.
Como tenía claro que quería dedicarme al mundo de las letras, quise estudiar filología y después hacer un curso puente para hacer periodismo, pero un chico se cruzó en mi camino y años después el teatro. Desde que llegué a Valencia, en el 92, me he dedicado al teatro, pero sentía que me faltaba algo. Llegó un día en que me sentía tan vacía y con una mochila tan llena de mierda que fui a una terapia. Con el tiempo me di cuenta de que estaba negándome día a día escribir. Tenía pánico a enfrentarme a una página en blanco y que la gente se riera de mí. Y era tanto el miedo que tenía, que siempre le decía a mi pareja que me escribiera desde una carta hasta un correo profesional. Te diré, que cuando era pequeña, escribía con la izquierda, y sé que a algún profesor no le gustaba que la utilizara. Incluso me pegaron y me castigaron por ello. Yo pensaba que cuando escribía estaba haciendo algo mal, por lo tanto, yo no serviría para escribir.

Anabel Botella dijo...

Sin embargo, un día leí la novela de un amigo que se la había autopublicado. Cuando terminé de leerla sentí que una voz interna me decía que tenía que cumplir mi sueño de ser escritora. De esto hace ya 8 años y yo tenía casi 35. Así que me compré un ordenador y todos los días escribía en la cocina porque no tenían aún mi propio espacio. Te puedo decir que mi cocina en pleno verano es un horno, pero yo no desistí en ningún momento. Todas las tardes cogía mi ordenador, mis diccionarios (hay palabras que aún sigo confundiendo y no sé muy bien cómo se escriben si no lo pienso detenidamente).
No fue desde luego mi mejor novela (aunque recibí la llamada de la editora de Destino Juvenil comentándome que tenía muchas posibilidades, aunque tenía que trabajarla algo más. Una vez que hiciera esos cambios ella estaría encantada de volver a leerla. Volvió a pasar una segunda criba y me aseguró que se publicaría). Sin embargo, aquella novela no salió a la luz, aunque siempre tuve la intuición que si hubiese sido por ella, la habría publicado. Sin embargo, hay ciertas políticas de empresa que no se podía saltar, entre ellas publicar a una autora novel. No te puedes imaginar la de lágrimas que derramé, porque aquella editora me aseguró que se publicaría.
Tras 5 años intentando publicar llegó mi oportunidad. Recibí muchos rechazos (conservo muchas cartas de aquella época y también hubo gente que me quiso estafar). Ángeles desterrados era la segunda novela que había escrito, y aunque tampoco es mi mejor novela, estoy orgullosa de ella. Después llegaron las otras dos. Y todos los días me esfuerzo para ser mejor escritora, porque escribir me hace sentir feliz. Tengo muchas novelas en el cajón, pero te seguro que también conservo la esperanza. Es lo que hace continuar todos los días. Hay dos frases que tengo colgadas en mi lamparilla para no olvidar que todos los días tengo que esforzarme. Una de ellas es: "Cada fracaso enseña al hombre algo que necesitaba aprender", de Dickens. La otra es: "El éxito es la habilidad de ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo", de Churchill.
Te contaré otro sueño. Llevo años presentándome a concursos literarios y deseando ganar el Gran Angular. No sé cuántos años pasarán hasta conseguirlo, pero lo seguiré intentando y mejorando para que una novela mía sea merecedora de este premio.
Y sí, somos voluntariosas, somos trabajadoras y luchamos por nuestros sueños. No tires nunca la toalla, envía una carta de presentación a las editoriales. Muchas están dispuestas a recibir manuscritos. Igual no es con la primera novela, pero también puede ser que sí, que tu novela guste tanto que se publique. Y si recibes rechazos, es muy posible que no sea por tu novela, igual hay otros muchos más factores. Y aunque yo haya publicado tres novelas, sigo teniendo el mismo miedo que al principio. Cada historia es un reto. Sin haber leído nada tuyo, estoy segura de que tienes sensibilidad y que eso se refleja en tus escritos. Yo apuesto por ti, y no se lo digo a todo el mundo.
Y como tú dices, no dejes nunca de escribir, nunca. Siempre habrá un editor dispuesto a leer tu novela y a apostar por ella.

Un besazo.

Mai dijo...

Anabel, confirmas aquella frase que dije una vez: «Detrás de una bonita novela, siempre hay una gran historia».
Y me dejas sin palabras porque, ahora mismo, no puedo expresar lo que siento.
Sólo puedo decirte «gracias». Por compartir tu experiencia, por tus consejos y por ese «apuesto por ti».
Gracias.

Un besazo enorme.

Anabel Botella dijo...

Ojalá muy pronto yo pueda ver una novela tuya en el mercado :) Ya verás como sí.

Anabel Botella dijo...

Por cierto, siento las incorrecciones, pero escribir en un espacio tan pequeño es lo que tiene, que no puedo ver todo en su totalidad para corregirlas.

Gijón dijo...

Esta entrada me ha resultado tan interesante que me he leído hasta los comentarios (yo confieso: no lo hago nunca).
Comprendo tu desesperación perfectamente. Mi caso tiene final feliz pero es muy parecido: tengo estudios, sobrados, para desempeñar un trabajo decente en cualquier empresa, y ahora trabajo de administrativo aunque para acceder me pidieron carrera. No me quejo, tuve mucha suerte y me eligieron a mí pese a no contar con experiencia, pero una nunca deja de pensar que por más que ese sea su primer trabajo, quizá me merecía un poquito más... No sé...
Y respecto a tu sueño, qué decirte... Suspiro y te digo que te deseo que lo consigas. Aquí estaremos los que te leemos, aunque no siempre comentemos.

Gracias por hacerme reflexionar por un rato con esta entrada tan personal.

Un abrazo.