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2 abr 2014

La librería Shalakabula y un cuento

Queridos amigos,

Os advierto que esta entrada será larguita. Así, en chiquitín.
Hace unas semanas, la Librería Shalakabula organizó un concurso de relatos cortos.
No sé qué me pasó, pero rescaté del baúl de los recuerdos un relato. Lo edité, corregí y, al final, lo cambié un poquito. Quedaba poco del original: la esencia, la primera frase y algún diálogo.
Cuando terminé, eran las 11:00 a.m y la fecha de entrega finalizaba a las 20:00 p.m
Soy fan de la presión. De tener una fecha de entrega y ponerme a teclear como una loca. No lo pensé mucho. Saqué mi seudónimo del nombre de uno de mis personajes estrella y el apellido de mi abuela. Le di a enviar...
Días más tarde, la dueña de Shalakabula, me llamó: Era una de las tres finalistas.
Desde que me lo dijo, no dejé de sonreír. Iba saltando por el salón y Lluna, mi gata, me miraba como diciendo: «Mi humana está loca. Tengo que cambiarle el menú».
Me sentí muy feliz sólo con ser finalista. Imaginad cuando me dijeron que había ganado.
Estaba (y estoy) tan contenta, ¡¡que me he presentado a otro concurso!!
Desde mi humilde rincón, dadle las gracias a todo el equipo de Shalakabula por organizar el concurso y tantas y maravillosas actividades que ofertan.

Y ahora, el relato (algunos ya lo habéis leído y, con vuestros comentarios, me ayudasteis a mejorarlo)

LA JOVEN DE ACUARELA

Nació del reflejo de la luz en el agua y del capricho de un pincel. Una tarde de primavera, cuando el sol se desdibujaba en el horizonte. Quizá por eso tenía la piel de un color ceniza, mezclada con el rosa mortecino del crepúsculo.
El tacto de su piel era húmedo, frío, pero olía a miel.
Poco a poco, pigmento a pigmento, fue plasmada en el lienzo. Estaba arrodillada, pero su cuerpo se estiraba y sus manos intentaban aferrarse a alguna cosa que no existía. Tenía los ojos cerrados y un intento de sonrisa.
Las últimas cosquillas del pincel, las sintió en su nariz.
Pasaron los días, las semanas... el tiempo parecía haberse ralentizado. Ella estaba allí, inerte, sintiendo como su piel se secaba; sin poder moverse, hablar o respirar. No le hacía falta. Había aprendido a esperar. A soñar que un día volvería a ver la luz y sentiría el frescor del agua, la caricia del pincel. Pensaba, y no se equivocaba, que llegaría el día en que su monótona vida de lienzo, cambiaría para siempre.
La joven de cabellos largos y oscuros. La de los ojos cerrados al mundo. La que anhelaba algo entre sus manos.
Un día, mientras estaba perdida en sus pensamientos, se dio cuenta de algo: ¡Su corazón no latía!
Había imaginado tantas veces cómo sería el día en que abriese los ojos y viese el mundo, que se había olvidado de lo más importante: El sonido de su corazón.
No se escuchaba nada. Ni siquiera un leve lub. Mucho menos un dub. Intentó abrir la boca para pedir auxilio, pero no pudo.
Se esforzó en abrir los ojos, con la esperanza de que algún lienzo la ayudara. Tampoco pudo.
Sentía como se arrugaba. Como se marchitaba. O eso era lo que creía. Se dijo así misma que no podía sentir ese desasosiego: «No tengo corazón. No puedo sentir ese desazón. No estoy completa».
Entonces ocurrió.
La oscuridad desapareció. Lo supo porque sus párpados sentían el calor anaranjado del sol.
Una voz le habló:
¡Ay, pequeña! ¡Cuánto tiempo te he dejado sola!.
Era una voz cálida, alegre. Era la voz que movía el pincel.
El agua volvió al lienzo. También el olor a miel.
De pronto, notó algo entre sus manos. Era suave, cálido y húmedo, como ella al principio.
¿Qué eres? le preguntó, sin miedo.
No lo sé. Tú, ¿qué eres? le respondió una voz grave.
Nací en este lienzo y estoy sola desde entonces.
Ahora me tienes a mí. Te estaba buscando. dijo el muchacho y el pincel le esbozó una sonrisa.
¡Y yo a ti! le dijo ella.
Y los corazones latieron al unísono.
Ahora dijo la voz del pincel—, Ya estáis completos.
La joven pintora miró el lienzo.
Un joven de rodillas, oscuro y abatido, recibía un beso de una joven llena de luz y cabellos largos: la joven de acuarela.

Espero que os haya gustado.

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